El enemigo público número uno

(Cartel publicitario de la película El enemigo público número uno)

Cuando hice la mili (aún quedamos algunos supervivientes de aquellas quintas) lo que más me aterrorizaba era la revisión que nos hacían el fin de semana, antes de permitirnos salir de pase de pernocta. La tal revisión –llamada revista, aunque no tuviese nada que ver con la prensa– consistía en un escrutinio minucioso de tu aspecto personal. Se suponía que los soldados no podíamos pasearnos por la calle hechos una facha (aunque curiosamente no importaba que fuésemos unos fachas, de hecho muchos discursos castrenses nos incitaban a ello). ¿Y en qué se notaba que el soldado iba desaseado?: pues en cosas tan peregrinas como que la punta de la bota no despidiese destellos fulgurantes (sin duda, una táctica secreta para deslumbrar al enemigo), en que un botón de la camisa estuviese un poco flojo o en la longitud de tus cabellos. Este último aspecto llegó a ser especialmente obsesivo: ver al oficial que pasaba la revista sacar un lápiz e introducirlo suavemente en tu cuero cabelludo para comprobar si la pelusilla que te quedaba después de raparte al límite llegaba a cubrir la mina, era toda una experiencia. Según parece, el reglamento dedicaba varios párrafos a las minas, y no se refería a las que hacían saltar tanques por los aires, sino justamente a las que sancionaban tu arresto fulminante acusado de ¡melenudo! Adiós permiso.

Esta anécdota no es una versión digital de las batallas del abuelo. La he traído a colación para mostrar que una institución tan seria como el ejército se entretiene a veces con chorradas que desmerecen su función social, consistente en defender el país en tiempos de guerra, y no en fastidiar como una mosca cojonera a los ciudadanos en tiempos de paz. Pues bien, el ejército de una lengua lo constituyen sus gramáticos normativos, gente atenta a los movimientos del enemigo y que no deja pasar ni una: pillan un verbo haber sin hache en mi primo a dicho que no y, paf, multa; sorprenden un dequeísmo recalcitrante en pienso de que volverá mañana y, paf, otra multa. Yo, aunque reconozco la importancia social de la labor del vigilante idiomático, no tengo nada de gendarme y no soy normativista. Por eso, cuando estuve impartiendo a estudiantes de periodismo una materia titulada Escritura e información, la di con bastante desapego, como sin creérmela. A mis alumnos les encantaba que les riñese, en esto de la norma lingüística el personal es más masoca que rebelde: me se ha caído está mal, ¿verdad?, decía uno; habían barcos es incorrecto, ¿no?, continuaba otra. Y así toda la clase. Yo les confirmaba sus sospechas sin escandalizarme, y siempre pude vislumbrar una sombra de reproche en sus miradas por mi falta de celo censor. Una vez que participé en un ciclo de conferencias titulado Curiosidades del lenguaje y en el que mis colegas solían hablar de normativa, la organización nos sometió a una rueda de prensa al final del mismo y un periodista bisoño, tras echar furtivamente un vistazo al programa y comprobar que yo había hablado sobre el sintagma nominal, me disparó a bocajarro: –Don Ángel, ¿para qué sirve el sintagma nominal? No pude contenerme. –Es importantísimo, si desapareciera, se hundiría el español.

He aquí una verdad de Perogrullo: una lengua sin nombres, es imposible. Pero tampoco gana nada el idioma con la duplicidad de denominaciones y, sin embargo, a casi nadie parece importarle: la valorización ¿no es una valoración con demasiado maquillaje?, ¿y qué me dicen de ese misterioso parte meteorológico, que viene a ser el pronóstico del tiempo? Curiosamente, en esto de la normativa, muchos son los llamados y pocos los elegidos. Los profesores de guardia tienen (tenemos) una serie de enemigos públicos y siempre los estamos poniendo en la picota: las haches por exceso o por defecto, las bes y las uves (o, como dicen en América, las bes altas y bajas), el leísmo y el laísmo, etc; cuando se incorporan los GEO (grupo especial de operaciones), que combaten en países extranjeros, el celo inquisitorial se amplía a ser y estar, las construcciones con se, el subjuntivo y así. Sin embargo, tirios y troyanos, profesores de español L1 y profesores de ELE, compartimos un enemigo público número uno indiscutible: ¡el malvado gerundio!

¡Ay, el gerundio! ¿Cuántas veces habrá que repetir que el de posterioridad está prohibido? Para expresar una acción que complementa la del verbo conjugado solo se puede usar un gerundio si denota un acontecimiento anterior o simultáneo, pero nunca posterior: desayunando así, no es sorprendente que luego no puedas moverte o le habló alzando mucho la voz están bien; en cambio, el mangui se fugó de la cárcel siendo detenido horas después está rematadamente mal. Punto. El problema es que al hablante normal y corriente no le suena nada raro. Si bien se mira, lo lógico es que el gerundio valga lo mismo para un cosido que para un bordado, para antes o para después. Es lo que pasa, por ejemplo, con el imperfecto de subjuntivo y nadie se echa las manos a la cabeza: aunque lo dijeras, no me importa puede referirse a algo que dijiste ayer o que dirás mañana.

¿Cuál es entonces el problema? Acudo a mi manual de latín de cabecera y no me lo aclara. Resulta que en la lengua madre había dos formas muy parecidas, el gerundio educandum, que era un sustantivo activo invariable, y el gerundivo, educandus, -a, um, que era un adjetivo pasivo que concertaba con su complemento. Para más inri, los dos tenían valor final. Por ejemplo, AD EDUCANDUM PUELLAM, “para educar a la chica”, es gerundio, pero AD EDUCANDAM PUELLAM, “para educar a la chica” es gerundivo. Parece poco serio: si es con barba, san Antón, y si no, la Purísima, sabio refrán que los jóvenes de ahora puede que ya ni entiendan. Lo peor es lo del valor final: suponiendo que nuestro gerundio viene solo del gerundio y no del gerundivo (lo que es mucho suponer), por qué hacerle ascos precisamente al valor de posterioridad, que acompaña siempre a la finalidad, es decir, a algo que ocurrirá después?

Conocemos la respuesta: ¡el gerundio de posterioridad es un galicismo! Como quien dice: “para, Sancho, con la Iglesia hemos topado”. Solo que Don Quijote se refería a la iglesia del pueblo, a un edificio, y la cosa no era para tanto. ¡Será por galicismos!: vete a por una cerveza también es un galicismo y es por eso que te lo digo, otro. Ello sin contar los galicismos léxicos, que son legión: peluche y filete y vals y sofá y chalet y garaje y así cientos. El que no haya empleado nunca el horrendo giro a día de hoy (o sea, au jour d’hui) que tire la primera piedra para lapidar al infractor de la gramática. Me temo que no hay nada que hacer: el español está lleno de galicismos. Yo me mostraría más bien tolerante con ellos porque el francés no deja de ser una lengua románica y estas costumbres verbales raras recuerdan más bien a las de un pariente que es un poco bohemio y desentona en las bodas familiares. Digamos que el gerundio de posterioridad, ese enemigo público tan añejo, no es el número uno de lo censurable, como mucho el número veinte o por ahí.

Peor es el gerundio del anglicismo y nadie se da por enterado. A ese sí que podemos considerarlo como el enemigo público número uno. Y es que la gente emplea continuamente las formas verbales inglesas en -ing, o sea los gerundios, sin que se le caigan los anillos:

se pasa las tardes en el shopping,
se ha hecho un peeling,
mañana hay un running en mi ciudad,
no pudo coger el vuelo porque tenía overbooking,
fue un meeting con mucho brainstorming…
¡Pare, pare el carro, jefe, que no lo soporto! Pues lo peor no es eso, lo peor es lo que sucedería si se nos ocurriese traducir literalmente estos gerundios:

se pasa las tardes en el tiendeando,
se ha hecho un pelando,
mañana hay un corriendo en mi ciudad,
no pudo coger el vuelo porque tenía sobre-reservando,
fue un encontrando con mucho seso-tormenteando.

Hasta ahora estos gerundios ingleses no se han disfrazado y los reconocemos al instante. Es como cuando entras en una mercado atiborrado de gente y localizas a unos cuantos individuos con mala pinta que te parecen descuideros, seguro. Con ponerte a prudente distancia es suficiente. Pero cuando entramos en un ambiente neutro y aparentemente aséptico el peligro es inmediato: por ejemplo en cualquier pleno municipal donde abundan los asesores, los comisionistas, los cuneros…, ya saben, la habitual caterva de corruptos que dicen sacrificarse por nosotros. No se fíen. Son verdaderos gerundios y encarnan al enemigo público número uno, solo que estos no vienen del inglés, sino de alguna empresa de nombre sospechoso, aunque también se diga en inglés, estilo Orange Market, Virtual Strategies (del grupo Nóos) y así.

Claro que, como nos decían en la mili, “el enemigo no es tonto”. Esta frase tan graciosa podría aplicarse perfectamente al anglicismo gerundivo. Precisamente porque no son tontos, los enemigos pueden entrar disfrazados de gerundio español, que no suena raro. Es lo que ocurre cuando llevan sujetos precedidos de la preposición con en construcciones del tipo la liga la ganó el Barça con el Madrid pisándole los talones. Estos giros también son anglicismos, pero es difícil detectarlos porque si los retradujésemos al inglés ni siquiera tendría por qué haber una forma en –ing (the league was won by Barça with Madrid on their heels). Esto sí que se llama tirar la piedra y esconder la mano.

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