Tildes

(Fotografía de Emilio Ruiz: El alfabeto enfurecido: León Ferrari y Mira Schendel)

 

Si hay algún asunto capaz de motivar a los profesores de lengua más chinches, este es el de las tildes y los acentos. Como es sabido, ciertos colegas disfrutan corrigiendo la ortografía de sus alumnos. Un examen puede estar pasable, incluso bien, pero si el profesor es capaz de encontrar más de media docena de pecados ortográficos y de marcarlos con rotulador rojo, nada podrá impedir que se lo devuelva al alumno con una enorme sonrisa de satisfacción mientras sanciona tajante: ¡muy deficiente! No me malinterpreten. Escribir con mala ortografía dice muy poco en favor del autor del escrito y es señal de desaliño, cuando no de incultura. Una solicitud de recomendación, una demanda de empleo o un artículo periodístico que flojean en ortografía, llevan las de perder. Los profesores tienen (tenemos) toda la razón al perseguir el vicio (ortográfico) y amar la virtud (ortográfica). Pero una cosa es eso y otra que se trate de lo fundamental. No, lo esencial de un escrito es el contenido. La forma no deja de ser algo convencional. Por ello, cuando cae en nuestras manos una obra de un tal Miguel de Cerbantes publicada en el siglo XVII nos sorprendemos de que ni siquiera supiese escribir bien su nombre. Claro, ¡como que escribía con la ortografía de la época!

Pero héteme aquí que en la sociedad digital todo este asunto de la ortografía ha dejado de ser relevante. Hasta el más malo de los estudiantes tiene un corrector ortográfico en el disco duro de su ordenador y es imposible que escriba harina sin hache o caballo con uve porque el programa se lo marcará en rojo y aun puede que se lo corrija automáticamente. Se acabó la corrección sádica de la ortografía de los alumnos. Peor todavía: el viejo truco de los miembros de un tribunal de tesis que no entienden ni papa del tema y que están media hora señalando defectos de forma también ha pasado a mejor vida. ¿A ver de qué hablan ahora? Bueno, siempre quedará la bibliografía. Si la tesis es sobre el subjuntivo, pueden señalar lo que habría ganado con la lectura del libro del profesor Boris Popoff sobre Semiótica de la comunicación de las abejas. Y así.

Es verdad que con el corrector automático no está todo resuelto porque sigue habiendo problemas con los homófonos, con palabras que suenan igual, pero se escriben de manera diferente porque tienen sentidos distintos: tuvo deudas por un tubo, se rebeló y le reveló los secretos, agito la salsa de ajito, el hatajo tomó un atajo, la bacía está vacía, le tomó hasta por el asta, la bacante está vacante, llevaban una vaca en la baca, calentar hasta que la hierba hierva, el valido soltó un balido, ese ligero vello lo hace muy bello, la hética del pelotazo es muy poco ética, y así hasta un par de docenas más de ejemplos a base de frases inverosímiles como estas. En América y en las regiones seseantes de España, la confusión de ese y de ce/zeta incrementa la nómina: los braceros se calentaban con braseros, los suecos llevan zuecos, etc. Ocurre igual con el yeísmo, con la confusión de elle y ye, que también es un fenómeno generalizado: el pollo se subió a un poyo, hay bayas detrás de las vallas. Pero en conjunto se trata de dobletes poco numerosos, que casi le ponen emoción al asunto de la ortografía y que no justifican esa manía reformista de alguna gente (también la hay famosa, desde el maestro Correas en el siglo XVII hasta García Márquez) a la que le gustaría ver escritas cosas como no le izieron ni kaso kuando dijo ke kería un baso de bino. La ortografía del español es sencilla de aprender y clara como el agua: un chollo para los que lo aprenden como segunda lengua y un motivo de envidia. Tengo para mí que la leyenda negra no tuvo su origen en las maldades de los conquistadores ni en las de la Inquisición, sino en lo diáfano de la ortografía. Al fin y al cabo, visto lo que pasó en la India británica, en el Congo belga y en las guerras de religión del continente europeo, los otros no eran mejores, pero escribían sus lenguas con mayor dificultad.

Cuestión diferente es la de las tildes, que la gente suele tratar en el apartado “ortografía”, aunque reflejen otra propiedad fonética. Los evaluadores tiquismiquis no se ceban en ellas y eso que tienen su miga. A lo mejor es que no acaban de entenderlas. Las tildes son las marcas de los acentos, pero no coinciden con ellos. Es imposible escribir mal los acentos porque los acentos no se escriben, se pronuncian. Un nativo no se equivoca nunca al hablar. Ningún hispanohablante dice cómieron en uná mesá sin mántel. Los extranjeros sí que lo hacen a veces, pero no hay que echárselo en cara. ¡Si fuéramos conscientes de las pronunciaciones disparatadas que nos salen intentando hablar inglés o, simplemente, al pronunciar los nombres rusos! Como magneto y magnético se acentúan en la misma sílaba ne, nos parece que magnet y magnetic deberían seguir la misma regla, pero no: los ingleses dicen [mágnet] frente a [magnétic]. Y en cuanto a los caudillos bolcheviques se pronuncian Mólotov, Zinóviev, Kámenev, Andréyev, Kaganóvich, Bujárin, etc, nombres que nosotros pronunciamos acentuando la última sílaba: hasta Lenin se llamaba Vladímir y no Vladimír.

Por eso, no me desprecien las tildes. Hay lenguas como el francés que acentúan siempre la misma sílaba, la última, y podrían prescindir de las tildes, pero sin embargo tienen dos tildes más que nosotros. Junto al mal llamado acento agudo (écouter), poseen uno grave (père) y otro circunflejo (château). Si esto no es grandeur (orthografique), que venga Dios y lo vea. En realidad estas tildes no tienen que ver con la pronunciación, sirven para distinguir palabras homófonas –así a (“tiene”) frente a à (“hacia”), así ou (“o”) frente a (“dónde”)– o simplemente son adornos con fundamento etimológico que suele ignorar la gente del común. Vamos, que las tildes del francés son como el perfume de Chanel, una exquisitez de boudoir, nada que ver con el tufo a tigre de las tildes tabernarias españolas. Otra lengua que puede permitirse tener tildes de fantasía es el checo, pues todas las palabras se acentúan en la primera sílaba. De ahí que aproveche la tilde para marcar las vocales largas –la tilde aguda: á, é, ó, ú, etc–- o la palatalización –la tilde circunfleja invertida: č, š, ž, etc–. Fíjense cómo queda: že by nebylo vhodné změnit formulaci týkající se rozsahu výlučné příslušnosti ve věcech nemovitostí nebo vysvětlit tuto otázku v samotné úmluvě, a to i přesto, že v případech, kdy by se nemovitost nacházela ve státě, který úmluvou vázán není, byl by článek. Impactante, ¿no? ¿Ven lo útiles que son las tildes?

Las del español se adecuan perfectamente a la pronunciación. Si el acento cae en la antepenúltima sílaba, se pone tilde: médico; si cae en la penúltima y la palabra acaba en vocal, -n o –s, no se pone tilde: casa, vienen, rosas; si cae en la última, se pone tilde en los supuestos excepcionales anteriores, es decir, cuando acaba en vocal, -n o –s: corazón, envés, recé, pero alfiler. Parece una tontería, pero estas tres reglas tan simples son un chollo. Cualquier extranjero sabe cómo pronunciar una palabra escrita en español sin más que aplicarlas. Esto no ocurre en otros idiomas, sobre todo no ocurre en lenguas que carecen de tildes, como el inglés y el alemán, donde hay que aprender la pronunciación de cada palabra (especialmente en inglés: no solo es el Brexit, antes fue el Tildexit). ¡Y luego se quejan los ingleses de que tienen que aprender el género de nuestros sustantivos! Parece ser que Theresa May ha amenazado con suprimirlo en las negociaciones del Brexit y usar solo el neutro cuando hable español para tratar el asunto de Gibraltar. Es una medida de presión: pa chul mi ti l del puebl que vive en l roc (para chula mi tía la del pueblo que vive en la Roca). Vale, pues le contestaremos acentuando a nuestra bola: ni cé tomate yo, uh! (nice to meet you).

Pero nuestro gozo en un pozo. Aunque estas reglas de la tilde del español son de lo más sencillo, luego van los académicos y la lían con la llamada tilde diacrítica, que es una manera de complicar las cosas como en francés o en checo. Es una tilde que sirve para distinguir homófonos, o sea, en vez de distinguir con hache / sin hache, como en ha/a, ahora distinguimos con tilde o sin ella: aún / aun (aún queda gente que trabaja aun de noche), té / te (te haré un té), mí / mi (a mí me gusta mi casa), más/mas (mas siempre habrá quien pida más), sé/se (sé que no se sostiene), él/el (él guarda el dinero en un cajón). A este grupo pertenecía la famosa pareja sólo/solo, que nadie sabe por qué fue descatalogada en la última ortografía académica. Hubo incluso académicos que se enfadaron un montón, como Javier Marías, quien escribía en un artículo en El País lo siguiente: “La posibilidad de seguirles poniendo tildes a estas palabras no es para mí irrelevante. ¿Cómo saber, si no, lo que se está diciendo en la frase Estaré solo mañana? Si se la escribe en un mail un hombre a su amante, la diferencia no es baladí: sin tilde significa que estará sin su mujer; con tilde que mañana será el único día en que estará en la ciudad. No es poca cosa, la verdad. Por menos ha habido homicidios”. Y tanto: no es de extrañar que lo sacaran en Menéame. La tilde diacrítica es una verdadera cuestión de estado. Porque no solo (¿sólo?) ocurre con sólo/solo. También ocurre con más/mas. Fíjense: este Mas se pasa pidiendo cada día más y más. Así empezó el procès. Parecido es el caso de aún/aun: aun Iglesias sostiene que aún pactaría con el PSOE. Errejón se lo creyó y ya ven cómo acabó. Cuando se combinan dos tildes de estas, ya es demasié: sólo sé que no se sabe nada solo.

A pesar de todo, en muchos de los ejemplos de arriba la tilde diacrítica refleja la pronunciación. El pronombre él es tónico, el artículo el es átono. El verdadero problema se plantea con los hiatos y con los diptongos. Yo no digo que las reglas de antes fuesen fáciles, pero por lo menos eran invariables y uno sabía a qué atenerse. Pero se ve que les parecían algo liosas, conque, ni cortos ni perezosos, las han cambiado de un plumazo. Antes teníamos claro que había que seguir la pronunciación y que en lo fundamental se aplicaban las tres sencillas reglas de arriba. Ahora no, ahora resulta que después de estar toda la vida escribiendo píe (de piar) y friáis (de freir), ya no hay que ponerles tilde. ¿Razón?: que han inventado el curioso concepto de “diptongo ortográfico”, es decir, diptongo que no se pronuncia y que solo se escribe. Como si dijéramos, pez que no nada. Ahora nos dicen que si hay una vocal abierta (a, o, e) y delante o detrás una cerrada (u,i), tendremos diptongo: los grupos vocálicos de confiar, dia, truhan, reunir, estadounidense, etc, se consideran diptongos, lo mismo que los grupos de i más u o al contrario: incluido, diurno, etc. Y si antes se ponía tilde en la vocal tónica de un hiato, ahora como es oficialmente diptongo, pues no se pone, aunque toque. O sea que la ortografía se ha llevado el gato al agua y ha arramblado con la pronunciación. Igual que en francés, en checo o en inglés. Debe de ser la globalización. El español escrito, que seguía el sabio consejo de Juan de Valdés en el Diálogo de la lengua (“escribo como hablo”), se ha echado al monte y se dedica a fantasear con las tildes o con su ausencia. Ya estoy viendo que dentro de poco escribiremos Ïnštítüto Çěřbantèš. Y si no, al tiempo.

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