Excepciones

(Imagen de Emilio Ruiz Zavala)

 

Hay una connotación de la palabra excepción y de su adjetivo derivado excepcional sobre la que querría reflexionar brevemente. Según el diccionario académico en línea (DLE), excepción sería: 1. f. Acción y efecto de exceptuar; 2. f. Cosa que se aparta de la regla o condición general de las demás de su especie. A su vez para excepcional proclama: 1. adj. Que constituye excepción de la regla común; 2. adj. Que se aparta de lo ordinario, o que ocurre rara vez. Como ven, nada se nos dice sobre si la excepción y lo excepcional son buenos o malos. Las definiciones lexicográficas se vienen arrastrando de diccionario en diccionario durante siglos y, si hubiera un matiz positivo o negativo, se habría acabado depositando en la entrada del diccionario. A lo sumo la lectura connotativa de esta entrada encierra una cierta reserva: se nos insiste en la conculcación de alguna regla y en el apartamiento al que queda sometido su infractor, como si dijéramos que la vieja norma ¿dónde va Vicente?: donde va la gente ha sido incumplida.

Así era hasta no hace mucho, pero últimamente excepcional se interpreta solo como adjetivo encomiástico (mujer excepcional, paisaje excepcional, comida excepcional), de manera que si yo le dijese al camarero que el filete estaba excepcional: no había manera de hincarle el diente, seguro que me miraría con perplejidad. Se acabó el anodino seguidismo de Vicente. En nuestro tiempo lo que prima es el ombliguismo. Ya saben: quiérete (y hasta quiéreteme, en el anuncio de unos grandes almacenes, con un fascinante dativo de interés), ten autoestima, practica la autoayuda, y así cientos de eslóganes. A nadie debería extrañar que los ciudadanos hayan acabado padeciendo un insoportable narcisismo, el cual comienza cuando a los niños se les consiente todo, continúa con el sacrosanto botellón adolescente y culmina en el omnímodo tengo derecho (jamás deber) del adulto. Por consiguiente voy a aprovechar este periodo de tolerancia del que goza lo excepcional para reflexionar sobre las excepciones de la gramática.

Cuando uno acaba sus estudios generalistas y se dispone a elegir profesión lo hace impulsado por ciertas características de lo que tendrá que estudiar en exclusiva a partir de ese momento. Se trata de simplificaciones, pero son muy importantes de cara a la decisión que vamos a tomar. ¿O sea que quieres estudiar Química – te pregunta un amigo–, todo eso de los orbitales de los electrones en torno al núcleo y de la óxido-reducción? Tú le miras extrañado y le contestas: –No, a mí lo que me gusta, son los venenos y los tubos de ensayo que explotan. Por la misma razón las Matemáticas no consisten en el límite de las sucesiones algebraicas, sino en la tabla de multiplicar ni la Historia resulta apasionante por los documentos del archivo de Simancas, sino por los crímenes de Iván el Terrible y por los ligues de la marquesa de Pompadour. Bueno, pues el banderín de enganche de la Lingüística lo constituyen las excepciones. Ya saben a qué me refiero. Que existe la primera persona del singular del presente y del imperfecto de indicativo, pero no del imperativo, de manera que podemos decir corro y corría, pero no que yo corra, como pone en algunos libros, porque aparte de ser subjuntivo, es una inmensa chorrada.

Venga hombre, me salta un espontáneo, no me va a decir que lo que hace sufrir a todos los estudiantes de una lengua extranjera, es lo que atrae a los lingüistas. Pues sí, se lo repito, y sobre todo a los lingüistas frikis. Pasa lo mismo que con los montañeros. La gente normal piensa que para subir a un pico lo ideal es que haya un telesilla hasta la cumbre y no entiende qué gracia le ven los escaladores a tirarse cuatro días encordados subiendo por paredes verticales con un frío que pela para acabar fracasando a unos metros de la cima porque de repente se cubre de niebla. Evidentemente se trata de puro masoquismo: a los escaladores les gusta sufrir, como a los ciclistas, como a los aficionados del Real Zaragoza o del Valencia C. F, como a los votantes de Trump (no, este es un mal ejemplo: simplemente es que son tontos). Pues los lingüistas frikis también sufren cuando no logran desentrañar el intríngulis de una excepción.

He dicho desentrañar, ojo. No es que les moleste la excepción –al contrario, les encanta–, lo que les molesta es no conocerla. En esto los lingüistas frikis se diferencian de los aprendices de segundas lenguas, por ejemplo, de los estudiantes de inglés a los que les parece que si I can se niega diciendo I can’t y escribiendo I cannot (¿y por qué no se escribe I can not?) por la misma razón I go debería negarse con I go not. El lingüista friki no funciona así, adora las dificultades. Un ejemplo: si de partir salen ella parte el pan y yo parto el salchichón, de asir deberían salir ella ase la cazuela y yo… aso la sartén. ¡Bingo! Excepción al canto: las sartenes no las aso, más bien aso algo con ellas, que no es lo mismo. Entonces el lingüista friki acude a la RAE (o a Fundéu, que viene a ser lo mismo) y le dicen que la primera persona del presente de indicativo de asir es asgo. ¡Chúpate esa!: la próxima vez que en la frutería no me dejen tocar el género, les diré: yo asgo lo que voy a pagar, Hay verbos peores: así raer tiene un presente de indicativo precioso, puede ser rao, raigo o rayo; por ejemplo, un niño está rayendo un zapato estropeado mientras otro le mira con envidia y la madre le dice: –Pepito deja eso, el cuero lo rao yo; ni hablar –contesta el aludido– lo raigo yo; ni para ti ni para mami, tercia el otro crío: el cuero lo rayo yo. Desde luego quien no se ponga tierno con este diálogo es que no tiene corazón (idiomático). Y así un montón de excepciones en el sistema del verbo. Aunque justo es reconocer que tanta excepción ya huele: si tenemos como y comemos, no se entiende por qué para poder no existe podo al lado de podemos. Sería estupendo que el jefe de la facción dura de ese partido dijese aquí Podo lo que me da la gana, y que el jefe de la facción conciliadora contratacase con somos un proyecto colectivo y entre todos Podemos; y aún se redondearía más la jugada si el del tercio nostálgico apelase a lo que podimos hacer, pues al fin y al cabo el pasado de mover es movimos y no muvimos.

Los verbos son los más adictos a esto del estado de excepción, pero no son los únicos. El lingüista friki rechina los dientes de entusiasmo con fruición anticipada cuando en un reparto de diplomas van entregando los galardones y el presentador canta la serie de los ordinales: que salga a la palestra el octavo, el noveno, el décimo, el onceavo, el doceavo… Pare el carro jefe: ¿quién sale, la cabeza, una mano, la nariz …? ; ¿no será el undécimo? Cierto –corrige el presentador, quería decir el undécimo, el duodécimo, el tredécimo… Y dale: ¡será el decimotercero, ¿no? Vamos que no hay manera, esto es como un juego de rol lleno de trampas. Tampoco son mancas las preposiciones. Parece ser que un día Pío Baroja se quejaba de su inseguridad en el empleo preposicional delante de Ortega y Gasset en la localidad de Coria: “No hay cosa peor que pararse a pensar en cómo se dicen las cosas. Yo había escrito aquí ‘Aviraneta bajó de zapatillas’ y ahora no sé si se dice ‘Aviraneta bajó de zapatillas’, ‘bajó a zapatillas’ o ‘bajó con zapatillas’”. Pues fíjense lo que son las cosas: yo diría que las tres están mal porque lo que se quiere afirmar es que Aviraneta las llevaba puestas, o sea que bajó en zapatillas, y no con zapatillas (que también puede significar que las llevaba en la mano o en una bolsa) y mucho menos a zapatillas o de zapatillas.

La lengua está llena de excepciones y aunque los lingüistas frikis nos solacemos con ellas –de algo hay que comer– hay gente a la que le molestan y querría erradicarlas. Es el caso de Grijelmo, un obseso del purismo lingüístico al que mi colega Víctor Longa llama “el Jeremías moderno”. Así, por ejemplo, a propósito de los relativos escribe: “Son seres complicados que tienden a despistarnos, se escurren como un vaso aceitoso y muestran una transparencia perversa que, paradójicamente, nos impide identificar su interior (La gramática descomplicada, 2006: 150). ¡Carape! Es verdad que en la lengua de todos los días hay construcciones relativas poco afortunadas (la casa que vives, etc), pero de eso a imaginarlas como seres viscosos que van sembrando de insidias el camino para que resbalemos en las excepciones media un abismo. Hombre, jefe, descomplíquese un poco que el descomplicador que se descomplica buen descomplicador será. Al fin y al cabo la lengua sin excepciones ya existe, se llama esperanto. Es un invento estupendo: todos los sustantivos acaban en –o, todos los verbos en –i, todos los adjetivos en –a, no hay verbos irregulares, vamos un chollo. Y, sin embargo, no ha triunfado. A la gente le gusta la imperfección y la rareza, ¡qué le vamos a hacer! Le mola que, después de haberse aprendido de memoria que en español los sustantivos en –o son masculinos (el libro, el palo, el vaso…) y después de habérselo explicado pacientemente a esa alumna japonesa que se llama Aiko, esta le sonría con su indefinible expresión de crueldad oriental mientras les dice: ¿me da la mano para subirme a la moto? ¡Será mosquita muerta la tía!: ¿pues no habíamos quedado en que las excepciones son el privilegio de los nativos?

9 Comentarios

  1. gabriel alonso escribió:

    Las excepciones es que dan mucha faena a quienes aprenden un idioma, te voy a contar una que me dijo una china (no es linguista ella eh , que quede claro): Mi hijo me está mentirando…. He puesto LINGUISTA sin diéresis pero como el movimiento que he de hacer en el teclado es EXCEPCIONAL pues me lo he saltado, ya me pillará google.

    25/01/2017
    Responder
    • Angel López escribió:

      Gracias, Gabi, me alegro que te guste. Yo creo que lo de “aquí estaría la cocina” viene de algún cocinero vasco, estirpe suculenta donde las haya, porque allí emplean el condicional donde otros usamos un subjuntivo (“si vendrías, te esperaría” por “si vinieses, te esperaría”), o sea que les gustan los tiempos contundentes (más o menos como sus cocochas o su marmitako). Un abrazo: Ángel

      25/01/2017
      Responder
  2. Concha D'Olhaberriague escribió:

    En el fondo, Ángel, me barrunto que subyace la obsesión que tantos dislates ha producido en la lingüística del siglo XX: la obsesión por matematizar y geometrizar la lengua, cosa que solo se puede acometer disecándola previamente. La lengua vive, por fortuna, y es de naturaleza mestiza y algo indómita. Don Quijote le dice sabiamente a Sancho quién tiene imperio sobre la lengua, entre otras muchas y luminosas consideraciones que le endilga en la Barataria.

    04/02/2017
    Responder
    • Angel López escribió:

      Pues sí, Concha, tienes razón, pero el problema no estriba en matematizar la lingüística, sino en no ver más allá del modelo formal, que es lo que muchos suelen hacer. Es como si los físicos, que inevitablemente matematizan la naturaleza, decidiesen que una vez geometrizado un paisaje, ya no hay nada más que decir de él. Gracias por seguir el blog y un abrazo.

      19/02/2017
      Responder
  3. Concha D'Olhaberriague escribió:

    En el fondo, Ángel, me barrunto que subyace la obsesión que tantos dislates ha producido en la lingüística del siglo XX: matematizar y geometrizar la lengua, cosa que solo se puede acometer disecándola previamente. La lengua vive, por fortuna, y es de naturaleza mestiza y algo indómita. Don Quijote le dice sabiamente a Sancho quién tiene imperio sobre la lengua, entre otras muchas y luminosas consideraciones que le endilga en la Barataria.

    04/02/2017
    Responder
  4. Concha D'Olhaberriague escribió:

    Así es Ángel. Lo explicas a las mil maravillas. En casi todos los despropósitos acerca de la lengua se encierra una simplificación. La pereza causa estragos en este ámbito. Es un placer seguirte, Ángel.
    Un abrazo,
    Concha

    28/02/2017
    Responder
  5. Anónim@ escribió:

    Hola, estimado profesor. Sé que usted no me recordará. Yo sí. Hace 20 años que tuve la suerte y fui una de las afortunadas alumnas que asistió a sus incomparables y si se me permite excepcionales clases.

    Un día descubrí con una inmensa alegría que escribía (o escribe, discúlpeme) artículos de opinión en el diario El País. Evidentemente, lo leí y le envié un email, pero nunca obtuve respuesta.

    Hoy me encontré con esta página, ya le digo que he leído entero el artículo. Y he podido comprobar que la gente le escribe y luego se le contesta. Son muy afortunad@s.

    Precisamente, en este día, 2 de marzo, recomendé (tal vez estoy un poco anticuada, hace 20 años que acabé mis estudios en la Facultad) el libro “Gramática femenina” especialmente al eurodiputado polaco y es probable, que a los expertos del diccionario de la RAE, si se me permite la osadía, también les vendría bien su lectura.

    Espero que muchas personas más disfruten del mismo privilegio que otr@s tuvimos en su día, asistir a las clases de Ángel López.

    02/03/2017
    Responder
    • Ángel López García-Molins escribió:

      Hola, mi apreciada Anónima. Mujer, es evidente que así no la puedo recordar, pero si me dijese su nombre y, sobre todo, si nos viésemos en persona, es muy probable que la reconociese. Le agradezco de verdad sus elogios: como sabe perfectamente en su calidad de profesora estas pequeñas cosas son para nosotros muy importantes. Por cierto. El País nunca me mandó su correo ni el de ningún otro lector. se ve que por aquellos tiempos pasaban de las redes sociales. UnoyCero sí que está interesada en ellas –para eso son una editorial digital– y aprovecho para retomar el contacto. Un saludo cordial: Ángel López

      03/03/2017
      Responder
  6. Anónim@ escribió:

    Hola, me conformo con su respuesta y poder seguir leyendo lo que usted escribe.

    De todas maneras, si algún día regreso puntualmente a mi querida Facultad, se lo haré saber.

    Prefiero permanecer en el anonimato, como cuando usted me puso una matrícula de honor, en Redacción periodística, fue tan sencillo como ponerse a primera fila para no perder ningún detalle.

    Fui un@ de l@s alumnos de la primera promoción de Comunicación Audiovisual (1993-97) y acabo de descubrir, gracias a usted, que soy una friki de la lingüística.

    Y sí, soy docente, pero de lengua, de mi lengua materna, a pesar de mi vocación, que siempre fue el periodismo. No obstante, la radio es mi vida y allí sigo, aunque le dedico menos tiempo que antaño.

    Como usted comenta los “detalles” de los alumnos no tienen precio, valen mucho más, bajo mi punto de vista, que el dinero que recibimos a cambio de nuestro trabajo. Pero hay que comer y pagar la luz, claro está.

    Me alegro mucho de retomar el contacto con usted. Muchísimas gracias, por dedicarme su tiempo.

    03/03/2017
    Responder

Responder a Concha D'Olhaberriague Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *